19 julio 2014

Confesión terapéutica, o de cuando imaginé que David Meza venía a España y yo le llevaba a conocer El Arrecife de las Sirenas.


la muerte no es un invento, es el final del libro,
o el comienzo
Eduardo Ruiz Sosa


—¿Por qué llevas un árbol de Navidad tatuado en el vientre?
—Porque ayer fue mi cumpleaños y nadie me regaló un beso. Porque ayer las bombas cayeron y masacraron a los niños de las playas. Porque ayer murió un perro con cáncer y después sus dueños comieron hamburguesas. Porque ayer yo estaba en Marte y tú estabas en una estrella, pero logramos encontrarnos a pesar de la distancia. Porque ayer soñé con vuestras madres y todas estaban cantando. Porque tengo miedo de los regalos, de los renos y de los villancicos. Porque mi pecho es de madera y mi boca huele a bosque. Porque amo contar las hormigas que suben y bajan por mis venas. Porque tengo veinticuatro años y tú tienes veinticuatro cicatrices. Porque hay alguien que nos está mirando. Porque alguien oscuro y malo nos vigila. 

[Al fin…
Al fin el miedo.
Y al fin el miedo.]

Tranquilízate, me dices, que nosotros podríamos haber sido los Enfermos. Tranquilízate me dices mientras escupes flores dentro de botellas (me has hablado de un río, y de un universo, me has hablado de una bicicleta cubierta de telarañas). Tranquilízate y me tranquilizas, y entonces despierto del sueño: en él encontraba a mi madre disfrazada de pez, ella movía sus ojos de lado a lado como buscando un pequeño charco en el que volver a sumergirse. Mi madre con largas aletas brillantes. Mi madre con largos brazos poblados de lentejuelas. Mi madre con branquias ásperas alrededor del cuello. Nosotros podríamos haber sido los Enfermos, pero nosotros podríamos haber sido los Perros. Nosotros podríamos haber nacido sin pulmones, pero nosotros podríamos haber comido sin dientes. Tranquilízate, me dices, y entonces pongo mi mano fría sobre el frío dibujo de tu pecho.

[Y al fin respiro.
Al fin respiro.
Al fin…]