22 julio 2013

"Ted Hughes nunca te hará reír", sobre la nueva edición de Cartas de cumpleaños, por Gonzalo Torné.


¿Qué se puede decir del libro que más nos gusta, del más importante para nosotros? Se trata de una pregunta muy difícil, pero por suerte un libro de esa clase es apenas una conjetura. El libro favorito se divide en una constelación, un mapa cambiante que admite diversas escalas espaciales y temporales.

Cartas de cumpleaños no es el libro que más me gusta ni el más importante para mí, pero sí uno con los que más he disfrutado, y al que recurro con mucha frecuencia cuando quiero recordar lo que la lectura puede procurarme (una experiencia relativamente sencilla de olvidar a poco que el trabajo o la curiosidad lo internen a uno en el populoso espectro donde leer tampoco es tan sugestivo).

La ocasión de la relectura se debe en esta ocasión a la nueva edición que ha publicado Lumen. Y digo “nueva” porque la llamativa transformación del texto siempre a mejor invitan a felicitar a Villena y al editor por proporcionar un texto en castellano a la altura de la magnífica versión catalana que firmaron Fulquet y Ernest.

A decir verdad no soy un erudito de la obra de Hughes y sé muy poco de una vida demasiado escabrosa en sus salientes más visibles como para dedicarme a investigar. Ni siquiera he descubierto todavía un motivo de peso para leer a Sylvia Plath, claro que tampoco se puede estar en todo. Como el prólogo que ha escrito Andreu Jaume para la ocasión, además de la rara virtud de escenificar una erudición vivificada por ideas propias, supone una introducción al libro que no me siento capaz de mejorar, intentaré conciliar la exigencia de decir algo preciso sobre el libro (motivo por el que he sido invitado a esta “bitácora”) con la determinación a no clarificar demasiado los motivos del placer inmediato que me procuran siempre estos poemas (no vaya a ser que me lo fastidie) he decidido limitarme a comentar los tres primeros aspectos que me vienen a la cabeza:

1) Los veinte primeros poemas de Cartas de cumpleaños son una historia de amor, pero también adentran el libro en uno de los temas más importantes de la literatura reciente, tan importante que suele pasarse por alto: la adaptación de la virilidad a las nuevas exigencias sociales. En algún momento del siglo pasado los varones tuvieron la generosidad de ceder poder y libertad a las mujeres, iniciando así un proceso que no ha sido sencillo para ninguno de los dos géneros, y para el que no se disponía de carta de navegación. Nunca ha sido tan distinto ser hombre o mujer en el escenario urbano que durante los últimos cincuenta años. Nunca lo que ocurría tras el telón de la boda fue tan sugestivo para la imaginación creativa. En la novela, Bellow y sus seguidores han escrito en el centro de esta agitación. Los primeros veinte poemas de Cartas de cumpleaños aceptan ser leídos, desde el mordisco que Hughes le da a la pulpa del melocotón del árbol de la sabiduría (“era tan inocente sobre las cosas de la vida”) en adelante, como la sorpresa, la ilusión, y el esfuerzo que suponen intentar resituarse como hombre.

2) Igual ya se ha dicho pero gran parte de la obra de Hughes se lee como una página satinada sobre los efectos del dolor. Se trata de poemas donde una voz impersonal describe un rasgo de la naturaleza, o se exhiben criaturas míticas. Cartas de cumpleaños ilumina la subjetividad que se nos había escamoteado, el yo paciente de todo ese barullo de fuerza y emoción.

3) El principio operativo de muchas biografías o películas sobre escritores tienen a localizar un rasgo moralmente discutible (cuando no decididamente criminal) del personaje al que transforman en la clave explicativa (para exponerla o disimularla) se su obra. Esta clase de exhibición sólo “explica” la pobreza imaginativa y de ánimo de los biógrafos y directores. La vida humana es un compuesto tan espeso de ingredientes que hay que ser un dios o un idiota para evaluarla moralmente desde el sofá de casa. Hughes vuelca tal cantidad de sucesos íntimos (imaginados, cumplidos, truncados) y lo hace desde perspectivas anímicas y vitales tan contradictorias que las tres veces que he terminado el libro me siento incapaz de juzgarle. No se trata de que Hugues se las arregle arteramente para empañar mi sensibilidad moral, sino que la fuerza y la agitación de su relato la rebasa y la desfonda. Ante el espectáculo de la vida ya jugada, mi fría y protegida por la distancia capacidad de juzgar moralmente se revela como un instrumento ridículo. El libro se abre a otra clase de moralidad, pero no sé si la entiendo bien, y tampoco me queda espacio para irme por las ramas.

Después de Eliot hay cuatro poetas que se reparten el oficioso título de “mi poeta favorito en lengua inglesa” que cada cual concede en el camarín de su mente. W. H. Auden es como un tío materno, de inteligencia y brillantez estrafalaria, un punto caprichoso, y una pizca cruel, al que le sale con naturalidad el tono que Wilde se pasó la vida ensayando. Wallace Stevens es capaz de hacerme reír y temblar con un verso que ni siquiera consigo entender. A John Ashbery llevo más de un lustro leyéndolo y traduciéndolo, es el clima de mi mente, y sus poemas son un espacio imaginario donde me gustaría vivir. Ted Hughes nunca te hará reír y no creo que a nadie le apeteciese vivir en uno de sus poemas, como pariente parece un poco siniestro (sobre todo si no te gusta pescar), probablemente sea el mejor de los cuatro.


Gonzalo Torné
(autor de Divorcio en el aire e Hilos de sangre) 
Julio de 2013

5 comentarios:

aleskander62 dijo...

Ted Hughes, Sylvia Plath.

Hombre de arena dijo...

De los poetas en lengua inglesa convendria leer al olvidado (y magnifico)Housman. Es mas que recomendable la seleccion de poemas y magistral version de Juan Bonilla: "A un joven atleta muerto".

Anónimo dijo...

¿eres tan eficiente como parece, o también pierdes el tiempo sin remedio?

luna dijo...

Con este calor no me queda otra que perder el tiempo.
¡Que lleguen las vacaciones!

Anónimo dijo...

¿tienes flickr?