26 abril 2013

Escribir desde el estómago (III).

Por otra parte, las personas que trabajan con la creatividad, es decir, artistas, escritores, músicos y filósofos, no toman sus decisiones racionalmente, como es sabido, sino que siempre escuchan una vocecilla en su interior. Confían en su gut feeling, en su "sentimiento intestinal", como se dice en los países anglófonos, o actúan "desde las tripas" (es decir, por intuición): dejan a sus asociaciones seguir su curso libre y feliz, como a sus excreciones. Y si un suceso les sienta "como una patada en el estómago", a menudo lo digieren expresándolo con palabras u obras mordaces. "Algunos médicos derivan del estómago todas las enfermedades", sostenía el poeta alemán Jean Paul: "Aspiro a explicar por el mismo motivo y aún más fácilmente el origen de la mayoría de los escritos y demostrar que en la producción de un libro la corriente nerviosa del cerebro trabaja menos que la satisfecha bilis del estómago". También Gustave Flaubert atribuye al estado de ánimo de su sistema digestivo sus manifestaciones literarias; el escritor se esforzó en contener, con todos los medios disponibles, sus excesos de ira de carácter fecal, como describe en la carta antes citada, le vienen a la boca, para poder compactarlos y darles, posteriormente, uso literario: "quiero conservarlos, trabarlos y hacer papilla con ellos, y embadurnar el siglo XIX del mismo modo que se doran las pagodas hindúes con boñiga de vaca". Según esta concepción poético-excremental, el proceso creativo de la escritura es, ante todo, un asunto de la digestión, es decir, una mecánica corporal no controlable de manera racional. 
Florian Werner

10 comentarios:

Jessica Dae dijo...

Muy buena pinta tiene.

Humbert Humbert dijo...

Como casi todo el mundo sabe, en 1961 el artista Piero Manzoni puso a la venta noventa latas de 30 gramos each de ‘mierda de artista’ a un precio equivalente a su peso en oro.

Fue un gran éxito, y actualmente las latas alcanzan precios astronómicos. Sin embargo, ningún comprador se ha atrevido nunca a abrir una para comprobar su contenido, ni siquiera los que pillamos un par.

El arte y la mierda siempre han estado muy unidos (de hecho, a veces se confunden); por eso, cuando alguien califica la obra de un poeta, escritor o artista multidisciplinar como una mierda, en realidad no intenta zaherirlo, simplemente está reconociendo su valía.

http://www.pieromanzoni.org/SP/obras_mierda.htm

p&p dijo...

Yo me enamoro con el estómago

luna dijo...

Lo cita, Humbert. Es un repaso literario muy bueno sobre la mierda. Hasta dedica un capítulo a un cuento de Dfw

Nacho Sánchez dijo...

-Buena mierda
-¡Mucha mierda!
-¡Mierda!
-¡Puta mierda!
-¡Una mierda "pa" ti!

Luis dijo...

Otra anécdota: parece que el matemático Gödel llevaba un diario de su tránsito intestinal que quizás,nunca podrá saberse, tuviera conexiones con sus tanteos matemáticos. Gödel murió por dejar de comer que, en cierto modo, es un intento de dejar de defecar.

De todos modos, y desde una perspectiva no anécdótica sino categorial, creo que la conversión de la mierda - ¿establece tu autor taxonomía? - en elemento hermenéutico para interpretar nuestro devenir y el de la cultura,traiciona la inmediatez escatológica de la mierda que solo se nos muestra, signo sin sentido, como presencialidad que niega los tiempos y los discursos. Última palabra.

En cuanto a lo de pensar con el estómago y las tripas, me resulta verdad de fe, o supuesto axiomático. Sin ese "sentimiento intestinal" que hace de cortafuegos intuitivo (que introduce cordura carnal), la razón y la palabra, por sí mismas, desvarían en senderos de hiperracionalidad.

Un abrazo, Luna

PD: Sigo tus estudios sobre el cuerpo, la enfermedad, la juventud y los pájaros. Admiro tus evoluciones.

Nico ruiz dijo...

Muy bueno!


http://ringostarrwasmylover.blogspot.com.es/

RINGO STARR dijo...

Me encanta todo lo que haces

Anónimo dijo...

te has cortado el cabello! te ves hermosa <3

Hombre de arena dijo...

La mujer se desesperó.
-Y mientras tanto qué comemos -preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía-. Dime, qué comemos.

El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-Mierda.


Gabriel Garcia Marquez, "El coronel no tiene quien le escriba".