25 enero 2013

La que interroga.


Uno. La labor como poeta de Natalia Litvinova me recuerda a la de un periodista brillante, esto es, a la de un interrogador tenaz, aquel que siempre consigue la mejor declaración, la frase exacta del testigo exacto en el también exacto momento... Natalia Litvinova es la periodista-poeta, y perdón si suena un tanto extraño, pero es que no puedo imaginarlo de otro modo. Veamos:

Dos. Natalia está en un bosque.
Natalia está en un campo helado y lleno de caballos tristes.
Natalia está en el mar.

Tres. Natalia está en un bosque e interroga a los árboles.
Natalia está en un campo helado y pregunta a las pezuñas de los tristes caballos.
Natalia, que investiga a cada pez, a cada ola, a cada rastro de espuma: está en el mar.

Cuatro. Así es Grieta, el último libro de Litvinova, una sucesión de preguntas con respuesta. Una sucesión de sugerentes y suaves imágenes. Limpias palabras con las que consigue retratar sensaciones terribles (el momento del amor, el momento de la pérdida, el momento del adiós, el momento del descubrimiento, el momento justo después de la angustia... y así).

Cinco. Ella dice: El amor roe prolijamente mi cuerpo./ Es rocío animal.

Seis. Su labor como poeta es única. Original. Suya. Y no lo digo yo, lo dicen todos. Y no lo digo yo. Lo dicen todos los pequeños poetas que, asustados, imitan cada uno de sus gestos.

Siete. Ha tenido suerte, Litvinova, porque su herencia Literaria es grande. Sus padres tienen acento de Pizarnik -por ejemplo-, sus abuelos tienen acento de Ajmátova -por ejemplo-. Pero esto es fácil decirlo porque salta a la vista. Litvinova es de esa estirpe de mujeres de corazón helado y caliente al mismo tiempo. De esa estirpe de hombres que viajan. E incluso de esa estirpe de pájaros ¿por qué no? ¿Qué podría impedirnos decir que Natalia Litvinova pertenece a la inmensa familia de las aves?

Ocho. Ha tenido suerte pero también ha trabajado. Y mucho: sus versos no son palabras al vuelo. No son ideas de aquí y de allá. Puede que sean breves, pero resisten. Breves como piedras que tanto han visto y tantas veces han sido pensadas. Natalia nunca habla en vano. Natalia no se regodea en su dolor. Natalia nos entrega una grieta porque antes ha sabido burlarse de ella.

Nueve. Ella anota: Todo sucede cuando no puedo verlo./ Dormí semanas bajo el limonero para recibir el nacimiento de su fruto./ Un día amanecí y allí estaba, carnoso y cerca, esperando desde siempre./ Como si la tierra me hubiera dado a luz.

Diez. La labor como poeta de Natalia Litvinova me recuerda a la de un vientre. Qué fértil es y cuánta esperanza alberga. Adoro a esta poeta, os digo, porque me hace sentir afortunada. De vivir el mismo mundo que ella vive. De vivir el mismo tiempo que ella vive. De leer el mismo aire que ella nos describe.  

3 comentarios:

Elise Plain dijo...

Sí que somos afortunadas: al menos de conocer a una poeta.

Virginia Mendoza dijo...

Me has dado ganas de leer "Grieta". Quiero y debo.

Natalia Litvinova dijo...

Soy yo la afortunada, de leer en vida esta apreciación, de recibir comentarios de los lectores, de escribirles en el silencio de alguna voz alta.

Gracias Luna por estas palabras tan tuyas y por tu lectura.

Natalia