19 septiembre 2012

Somos lo que nos obsesiona (sobre Lila Azam en Playgroundmag).

Megan Frauenhoffer
Lo prometido es deuda y aquí os dejo mi reseña de lo que supuso para mí la lectura de El encantador. Nabokov y la felicidad, un libro que leí este verano y que recomiendo a todos los seguidores de la obra de Nabokov. Ahora que Anagrama ha publicado su novela corta Cosas transparentes, quizá la lectura de estos dos libros se complemente y sea grata para vosotros. 

Texto originalmente 
publicado en Playgroundmag.net

*

Hay escritores de los que no sabemos nada y escritores de los que sabemos demasiado, y sin embargo, por mucha información que tengamos de estos últimos, acabamos por volver a no saber nada. Me explico. Hace unas semanas mi padre me regaló un libro que sabía que yo ansiaba. Se trata de El encantador. Nabokov y la felicidad (Duomo, 2012) de Lila Azam, una especie de ensayo que mezcla el diario y la ficción, escrito a base de capítulos muy cortos que bien podrían recordar a los posts de un blog. En El encantador la autora se centra, como podéis imaginar, en la vida del escritor Vladimir Nabokov, una de las más grades figuras literarias de los últimos tiempos, así como de las más enigmáticas. De él (de su obra y de su vida) se ha escrito muchísimo, pero después de todo siempre acaba convirtiéndose en uno de esos autores oscuros: sabemos tanto de él que en realidad no sabemos nada. La propia Lila, estudiosa de su obra y apasionada por la investigación de su intimidad, opina que nunca jamás sus lectores alcanzaremos a imaginar cómo fue realmente nuestro querido Vladimir. Para Lila, la autobiografía del autor titulada Habla, memoria, no es si no un interrogante más en lo que a él respecta. Parece que cuanta más información, más misterio se genera alrededor.

Hablando del libro con mi padre, le conté que su estructura era muy peculiar, y que a veces ni yo misma sabía si se trataba de una novela o de un ensayo. Él me preguntó si Lila Azam era capaz de distinguir su vida de la de Nabokov, o bien, la ficción de la realidad, y le contesté que sí, que en todo momento la autora marcaba perfectamente la diferencia entre una cosa y la otra, aunque a veces incluso se entrelazaran. Mi padre me habló entonces de un libro sobre fotografía de Joan Fontcuberta en donde todas estas cosas se mezclaban y el lector ya no sabía si lo que se contaba formaba parte de su investigación o de su imaginación. ¿Cuánto de imaginación hay en una investigación, y viceversa? Abrí El beso de Judas (Editorial Gustavo Gili, 2011) de Fontcuberta y encontré una sentencia que a primera vista parece algo obvia pero que más tarde se podría relacionar con El encantador para terminar de comprenderlo: Los creadores acostumbramos a ser monotemáticos. Lo podemos disfrazar con envoltorios de distintos colores, pero en el fondo no hacemos sino dar vueltas obsesivamente a una misma cuestión. Al fin y al cabo, tanto la historia de Lila Azam como la de Vladimir Nabokov partían de este enunciado: la obsesión monotemática de cada uno como motor y tesis del texto que nos concierne.

En El encantador se relatan dos obsesiones (o incluso tres, pero eso vendrá más tarde). La primera es la de la propia autora. Su fijación por la obra de Vladimir Nabokov viene desde que tan sólo era una adolescente. Aquí nos cuenta cómo nace su interés por él. Parece ser que su madre lo leía en inglés, una lengua que ella aún no dominaba pero que más aprendió casi para, entre otras cosas, poder leer a Nabokov. ¿De qué va esto, mamá?, le diría, pues esto aún no es para ti, cariño, contestaría la madre. Poco a poco la vida de Lila Azam fue acercándole a la literatura del ruso. Una serie de casualidades le llevarían a estudiarlo,a interesarse por él y a “amarlo”, y puesto que las obsesiones nacen del amor, Lila Azam tomó la decisión de comenzar este libro extraño. La primera obsesión relatada nos lleva entonces a pensar que El encantador es el libro de una “fan”. El libro que todos los que hemos sido seguidores y fieles a un artista de esta talla habríamos querido crear. Entrañable, divertido, atrevido. Las confesiones de Azam son el máximo exponente de la inquietud que un lector siente hacia su escritor favorito. La autora podría haber optado por un ensayo rigurosísimo, o por una novela entretenidísima, pero prefirió hacer este cóctel... y le salió de fábula. El encantador, en este punto, ya no es un libro más sobre aquel genial ruso, si no un libro necesario y único para su público.

La segunda obsesión que encontramos es la de Nabokov: un hombre gris que coleccionaba mariposas y que escribía novelas sobre un fantasma llamado Tamara (ella era ellas) precursor de todo lo que más tarde amó, así como detonador de todos los sufrimientos y deseos que su narrativa destila. La obsesión de Nabokov era la de ser feliz, sí, ¿pero con qué, con quién, o para qué? Ser feliz gracias a ese momento delicado en el que la mariposa entra en la red -metáfora amorosa, metáfora creativa, metáfora vital-. Su narrativa es la de los grandes placeres y las grandes ideas, su narrativa se dibuja sobre el laberinto sentimental que ha de cruzarse para llegar a ellas. Es curioso que tantas veces se coincida en el pensamiento de que Tamara (o Ada, o Dolores, o incluso el nombre científico de cualquier mariposa) representen la obra de este misántropo y solitario escritor. Dice Javier Marías que Nabokov padecía de insomnio desde la niñez, fue mujeriego en ju juventud y fidelísimo [discrepamos] en su madurez (casi todos sus libros están dedicados a su mujer, Vera), y en conjunto quizá hay que verlo como a un solitario. El mayor placer, la mayor dicha, los mayores éxtasis los experimentó a solas: cazando mariposas, fraguando problemas de ajedrez, traduciendo a Pushkin, escribiendo sus libros... Y todo esto forma parte de la lógica de sus novelas e incluso a veces de sus poemas, como algo que persigue en una interminable cacería.

La tercera obsesión que aparece visiblemente en El encantador es la relacionada con un nombre que acabamos de mencionar: el de Vera, su mujer, su amante, su acompañante, su lectora, su ayudante, su mecanógrafa, su agente, su chófer, su guardaespaldas, su pareja de ajedrez, su banquero privado, su genio práctico, etc. Todo esto nos lo enumera Lila Azam, pues muy sutilmente escribe este libro, o eso creo, para reivindicar la figura de aquella mujer que entregó su vida entera a Vladimir Nabokov, incluso cuando este le fue infiel, o incluso cuando tuvo que dejar una posible vida literaria propia de lado. El encantador se convierte a ratos en la historia oculta de Vera, otro personaje que según cuentan quienes han leído más a propósito de ella, también era obsesivo, también quería ocultarse y también resulta cada vez más y más lejano. Vera es la obsesión de Vladimir. La de Lila. La de ella misma. La de quien acaba este ensayo/novela/diario y siempre quiere saber más.

Como dije un poco más arriba, hay escritores de los que sabemos mucho pero no sabemos nada. De los que se habla mucho pero no se ha hablado nada. Lila Azam habla de Nabokov porque así lo desea y no para demostrar cuánto se puede conocer de él. De hecho, podríamos añadir que a veces es mejor no conocer ciertos detalles o pensamientos íntimos de la vida de los autores, pues como vemos en el ejemplo de Nabokov: todo lo importante ya estaba en su obra. Así, el libro de Azam es un ejemplo de investigación y de imaginación, pero también una suerte de lección sobre cómo ha de asumirse la literatura y cuánto placer puede llegar a darnos. De hecho, para terminar, me permitiré un pequeño lujo corrigiendo el título que la autora eligió para este libro: El encantador. Lila y el placer. Vera y la dureza. Vladimir y esa extraña felicidad. No lo dejéis pasar.  

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuidado con las faltas de ortografía, hay bastantes: "sabia", "si no", "por que".

luna dijo...

Gracias! Afortunadamente en la revista no aparecen erratas.

Cuando uno escribe para prensa a veces se desentiende porque sabe que vendrá el corrector a darlo todo.

Mis doc. word son el reino de la errata.


L

Anónimo dijo...

No entiendo por qué los lectores o al menos quienes dicen llamarse lectores, que no son todos dentro de los que así se autoproclaman, a cada rato inventan problemas con las erratas, que a lo que es bien no necesitan leerse porque son como las falcas de las tablas o como la polilla de un mueble viejo, es decir, me parece, resultan consustanciales al hecho de por sí creador de los artistas. Si algo está perfectamente anclado al hilo de las estrofas es una constante reverberación de palabras calamitosas, sucesivamente propuestas por la traza de ingenuidad que tiene cada escritor de hoy día. Y no es entonces plausible ni gracioso meter baza en meras cuestiones materiales de la voz, que es en últimas lo que se escribe en el papel. Quiero apuntalar el gesto literario de Luna por darse a una consideración más rigurosa de escritores noveles interesados en tratar eriales para la siembra de nuevos conceptos y aspiraciones que bien destilan pus y a la vez secretan olores persuasivos, y a la vez también condenan o liberan tabúes, como dice Luna, hacen propósitos de mescolanzas acéntricas, fuera de serie y dentro de serie, como si ellos lograran plantarse delante de una bifurcación para sacar de esta un panorama de nociones claras sin necesidad de liarse por entrar en uno de ellos. En resumidas cuentas, me tengo que es el llamado "periodo de la selección intelectual" lo que ha formado y deformada caracteres jóvenes de este siglo.

Ula dijo...

Qué habría sido de muchos escritores si no hubiera sido por los editores obsesionados con la corrección del lenguaje. He aprendido más leyendo que yendo al cole.
A lo que yo venía era a agradecer la magnífica reseña hecha con admiración, profesionalidad y... bueno me entraron unas ganas locas de leer a Lila.

Saludos

luna dijo...

Qué locura todo.

Besos!!!

Anónimo dijo...

¿De dónde sacas el tiempo para hacer tantas cosas?

Ula dijo...

Luna, la locura también la monta usted con la moderación de comentarios. Este hecho cambia totalmente el ritmo, mi niña.

Saludos

Layla dijo...

me gustó la reseña, pero no sé si me gustaría el libro. Es lo que tiene el rollo obsesivo, que es egoísta y no te gusta ver las obsesiones de los demás con "tus" escritores

luna dijo...

Mmmm. Bueno, no sé yo, eh. Lo hace de una manera muy brillante. :)

Laura San Román dijo...

Lu! la imagen que has puesto en esta entrada es IGUAL que el dibujo que hice para mujeres con pajarita!!! ya lo verás!!