23 septiembre 2012

Muy fan de Melanie Thernstrom, y otras cosas de domingo.

Pero el Dolor no es un lugar que pueda dejarse atrás fácilmente. Habitamos el reino del Dolor. El dolor nos habita.
Dolor dictat.
Escribimos sobre el dolor, pero el dolor nos reescribe. 
Melanie Thernstrom

10 comentarios:

Amaia Rebolledo dijo...

El dolor me cae lejos, se trata de emociones controladas por control remoto, explosiones controladas, una vez lo averiguas, todo es más sencillo, vivir sin dolor es lo que mola.

Amaia Rebolledo dijo...

No hay dolor, el dolor son explosiones controladas, sin más, el dolor forma parte de una literatura Niestchiana, las emociones son inducidas por los mediadores del amor, sin más.

luna dijo...

Todo esto que cuentas, lo que subrayo, y mucho más en:
http://www.anagrama-ed.es/titulo/A_444

Yasmín dijo...

Una pregunta: alguna recomendación para introducirse en la lectura de Clarice Lispector? (si has leído algo de ella)
Gracias!

Anónimo dijo...

sobre el tema del dolor, este fragmento de Maillard; es un poco largo pero merece la pena:

"... recuerdo las enseñanzas del buddha o, mejor dicho, sus dos enseñanzas. La primera, la constatación de una evidencia: hay enfermedad, hay vejez, hay muerte; la existencia es dolor. La segunda, que gran parte del sufrimiento es ilusorio. En realidad, el budismo entiende que todo sufrimiento es ilusorio porque la individualidad misma lo es. Al no haber ningún “yo”, no hay tampoco sujeto del dolor. Pero lo que me interesa destacar aquí no es la cuestión de la insustancialidad del yo sino aquello que puede ser de utilidad para todos. La cuestión que intento plantear, a partir de estas consideraciones, es la siguiente: ¿cuánto de dolor añadido hay en el dolor? Y, luego, ¿cómo distinguir una cosa de otra, cómo enseñar a desaprender? ¿Puede hacerse?
Trataré de traducir, en la medida de lo posible, lo que acabo de decir, a un lenguaje más técnico. Una definición al uso en ciertos manuales es la siguiente : “El dolor es el resultado final de la capacidad del individuo para percibir dolorosamente una alteración y de su capacidad para soportarla”. En dicho resultado interviene, pues, un componente objetivo-cognitivo, propiamente sensitivo, por el que se detecta y se permite la localización de los estímulos lesivos, conocido por el nombre de algognosia (el nombre no añade nada, puesto que significa literalmente “conocimiento del dolor” ), y un componente afectivo-emocional: algotimia (idem) que tiene también un sustrato morfofuncional específico en el sistema nervioso central y que conduce a una serie de modificaciones motoras orientadas a rechazar la sensación. En la denominada algotimia confluyen factores como deseos, temores y angustias.
Bien, pues de querer explicar en estos términos lo que he expuesto antes, diría que una vez percibida y localizada la alteración, puede uno decidir desvincular en mayor o menor medida los componentes cognitivos (algognosia), de la carga afectivo-emocional o, en todo caso, no añadir más lastre a la ya de por sí relativa neutralidad de la sensación. Uno puede aprender a distanciarse. Todo pacto implica un distanciamiento y, con el dolor, a veces, puede pactarse; con la angustia, no. Dicho de otra manera, en la medida de lo posible, y según la intensidad de la misma, puede uno aprender a convivir con la sensación dolorosa o a combatirla, siempre que sea posible distanciarse lo más mínimo de ella. De los factores afectivo-emocionales (algotimia), en cambio, resulta más difícil distanciarse porque, sencillamente, el “yo” es básicamente ese conjunto de factores y cuando decimos “me duele”, el “me” es, digamos, algotímico, mientras que el “duele” sería algognósico. Y no podemos prescindir del “mí” si no es escindiéndolo, creando un observador psicológicamente neutro, un estratega capaz de jugar al ajedrez consigo mismo .
Ahora bien, dicha escisión voluntaria, cuando puede producirse, y la observación que conlleva, tiene su contrapartida.

(continúa...)

Anónimo dijo...

...Personalmente, he de decir que, cuando tuve que enfrentarme al brutal envite del dolor, comprendí que mis muchos años de yoga, en vez de capacitarme para aliviarme, habiendo fomentado la autoconciencia mediante la observación de los procesos mentales pero también corporales, es decir, habiendo aumentado lo que se denomina, en términos generales, mi “sensibilidad”, me habían hecho más receptiva y también más vulnerable. Comprendí entonces que el llamado umbral del dolor es directamente proporcional al nivel de conciencia. Y es extraordinariamente duro, para quien entiende que su conciencia es lo único que tiene para seguir siendo un ser humano, verse obligado a renunciar a ella parcial o totalmente cuando el dolor se vuelve insoportable, pues perder la conciencia, para mí, equivale a consentir a la desaparición, y esto es lo que yo hacía cada vez que pedía a gritos una dosis de opiáceo.
Porque -y también es éste el momento de admitirlo-, por muchos conocimientos, tanto teóricos como prácticos, de los métodos de observación que yo tuviese en mi haber, a la hora de enfrentarme a la traumática desintegración de mi propio organismo (debida primero a los resultados de una intervención quirúrgica importante y, después, a los efectos devastadores de las terapias -quimio y radio- a las cuales fui también, digamos, especialmente “sensible”), sólo pude gritar. El grito fue, durante más de dos años, sin interrupción, la única respuesta al dolor que fui capaz de dar. Y no lo digo con vergüenza, pues, más tarde, comprendí que el grito había sido la expresión de mi propia rebeldía y que esa rebeldía era mi fuerza, la única que me quedaba, la que no había sido anulada por los fármacos; esa fuerza era mi voluntad de vivir. Ahora sé que el grito era una afirmación, que ese “¡Nooo!” prolongado y terrible era un “sí” a la vida. Yo me estaba defendiendo en el grito. El grito era mi rebeldía. Paradójicamente, la rebeldía contra el sinsentido de aquel dolor era el único sentido que le quedaba a mi existencia menoscabada."

Chantal Maillard, "Sobre el dolor"

Anónimo dijo...

y otro fragmento sobre el tema, de Ivan Illich ("Némesis médica"):

"Cuando la civilización médica cosmopolita coloniza cualquier cultura tradicional, transforma la experiencia del dolor. El mismo estímulo nervioso que llamaré “sensación de dolor” dará por sentado una experiencia distinta, no sólo según la personalidad sino según la cultura. Esta experiencia, totalmente distinta de la sensación dolorosa, implica un desempeño humano único llamado sufrimiento. La civilización médica, sin embargo, tiende a convertir el dolor en un problema técnico y priva así al sufrimiento de su significado personal intrínseco. La gente desaprende a aceptar el sufrimiento como parte inevitable de su enfrentamiento consciente con la realidad y aprende a interpretar cada dolor como un indicador de su necesidad de comodidades o de cuidados. Las culturas tradicionales afrontan el dolor, la invalidez y la muerte interpretándolos como retos que solicitan una respuesta por parte del individuo sujeto a tensión; la civilización médica los transforma en demandas hechas por los individuos a la economía y en problemas que pueden eliminarse por medio de la administración o de la producción. Las culturas son sistemas de significados, las civilización cosmopolita un sistema de técnicas. La cultura hace tolerable el dolor integrándolo dentro de un sistema significativo; la civilización cosmopolita aparta el dolor de todo contexto subjetivo o intersubjetivo con el fin de aniquilarlo. La cultura hace tolerable el dolor interpretando su necesidad; sólo el dolor que se percibe como curable es intolerable.

En la actualidad una porción creciente de cualquier dolor lo produce el hombre, efecto colateral de estrategias de expansión industrial. El dolor ha dejado de concebirse como un mal “natural” o “necesario”. Es una maldición social, y para impedir que las “masas” maldigan a la sociedad cuando están agobiadas por el dolor, el sistema industrial les despacha matadolores médicos. Así, el dolor se convierte en una demanda de más drogas, hospitales, servicios médicos y otros productos de la asistencia impersonal, corporativa, y en el apoyo político para un ulterior crecimiento corporativo, cualquiera que sea su costo humano, social o económico. El dolor se ha vuelto un asunto político que hace recaer entre los consumidores de anestesia una demanda creciente de insensibilidad, desconocimiento e incluso inconsciencia artificialmente inducidos."

Anónimo dijo...

En el grito Chantal estaba expulsando el dolor por la boca. No sé por qué, por otra parte, tanta gente asocia el yoga como alivio del dolor. Esa es una manera miedosa de encarar la realidad. El yoga no es eso, sino unión con Dios, como puede ser la oración. Yo no soy practicante, pero lo entiendo desde la metafísica y lo que es para mí la verdadera religión, que es el amor y el bien, aquello común a todas las verdaderas religiones. Y observo en un apego por el desapego que no tiene sentido en muchos simpatizantes del hinduismo y el budismo. Lo natural es sufrir. Se huele la impostura en muchos que intentan evitar el sufrimiento y los deseos. Sufrir y tener deseos no es malo, sino natural. Aquí estamos para devenir ego, para educarlo, no para suprimirlo. El ego es un diamante en bruto. Dios no quiere que cada cual deje de ser él mismo, sino que crezca, que despierte y que sea más él mismo que nunca. El dolor viene a menudo y no hay más remedio que aceptarlo como parte del proceso. Si no hubiera espinas, tampoco habría rosas.

Anónimo dijo...

Corrijo. Quise decir "observo un apego por el desapego" y no "observo en un apego por el desapego".
Gracias.

luna dijo...

Interesante, releeré a Maillard en este punto.
Llevo muy poco de Las crónicas del dolor, pero prometo contaros más próximamente.

Abrazo

L