24 marzo 2012

Escribir desde el estómago (II): un fragmento con ratitas.


Lo que viene a continuación es un fragmento de La jungla, de Upton Sinclair (Capitán Swing, 2012). Atención:

Con un miembro de la familia preparando carne de vaca para la fabricación de conservas y otro trabajando en la manufactura de salchichas, nuestra familia tuvo un conocimiento directo de la mayoría de las tretas y engaños de Packingtown. Así descubrieron, en efecto, que no había carne, por mal estado en que estuviese, que no pudiera emplearse, ya para enlatarla, ya para picarla y convertirla en salchichas. Con lo que les había referido Jonas cuando trabajaba en los establecimientos de salado y adobo de carnes, conocían ya en toda su extensión los misterios de la industria de la carne y apreciaban ya la triste y verdadera significación de aquella broma de Packingtown: "Aquí del cerdo se aprovecha todo, menos los gruñidos". 

Jonas les había contado también que, a veces, al sacarla de los tanques donde se adobaba, la carne estaba en estado de descomposición y les explicaba de qué manera, entonces, la frotaban con sosa para quitarle el mal olor y la vendían a esas mismas tabernas donde se da un plato gratis con sólo pagar la bebida. También les refirió todos los milagros que allí se realizaban merced a la química, dando a toda clase de carne, fresca o salada, en grandes trozos o picada, el color, sabor y aromas deseados. Para el adobo de los jamones se disponía de un ingenioso aparato, por medio del cual se economizaba mucho tiempo y se aumentaba la capacidad productiva. El aparato consistía en una aguja hueca comunicada con una bomba de aire. Se introducía la aguja dentro de la carne y se hacía funcionar la bomba con el pie: un obrero podía así impregnar un jamón con las materias necesarias para su adobo en pocos segundos. A pesar de esto, se encontraban algunos jamones en tan mal estado y con un olor tan fétido, que era imposible permanecer en la nave. Para estos jamones, en concreto, la bomba estaba cargada de sustancias químicas muy fuertes que destruían en seguida el olor de la carne corrompida. El empleo de esta segunda bomba era conocido entre los obreros como "dar a los jamones un treinta por ciento". Algunos de los jamones ahumados también se echaban a perder. En un principio, estos jamones se vendían con la denominación de "Grado Tres"; pero, posteriormente, algún ingenio descubrió un nuevo procedimiento, consistente en extraer el hueso, alrededor del cual suele hallarse la parte más dañada, e introducir en el hueco un hierro candente. Después de esa invención, ya no hubo más Grados uno, Dos y Tres, sino solamente "Grado Uno". 

Cuando el jamón ya estaba tratado era cuando llegaba al departamento de Ona. Allí lo cortaban unas cuchillas que iban a dos mil revoluciones por minuto y lo mezclaban con media tonelada de una carne distinta, de modo que desaparecía el olor y cualquier particularidad que diferenciara esta carne. Si la gente comía esa salchicha y moría de tuberculosis, los empresarios no llegarían siquiera a enterarse. Nunca se atendía a la carne que se cortaba para salchichas. Las salchichas que se importaban de Europa y que habían sido rechazadas allí, ya mohosas y blancas, se las trataba con bórax y glicerina, se volcaban en las tolvas y se procesaban de nuevo para consumo alimenticio. También se aprovechaba la carne que andaba tirada por el suelo, en la suciedad y el serrín, donde los obreros pisaban y escupían millones de gérmenes. Había, también, carne apilada en montones, sobre la que goteaba el agua que rezumaba de los techos y corrían las ratas por millares. La oscuridad que reinaba en aquellos antros impedía ver a dos pasos de distancia, pero un obrero que pasase la mano por estos montones de carne encontraba siempre la masa cubierta de excrementos secos de los roedores. Las ratas, en efecto, constituían una verdadera plaga que los patronos intentaban exterminar dejando pan envenenado en los almacenes. Así, las ratas morían a centenares y, después, éstas, el pan, el veneno y la carne iba todo junto a las tolvas de trituración. Y esto no es broma.  La carne se cargaba en vagonetas por paletadas y los obreros no se tomaban la molestia de apartar una rata cuando veían el cadáver del animal revuelto con la carne. Después de todo, comparada con muchas de las cosas que entraban en los embutidos, una rata envenenada era un lujo. 

5 comentarios:

Antonio dijo...

Esa es parte de la enfermedad, entonces.
Quién no viene
de algún carnicero. La sangre es vida. Lees un montòn. Buen texto.
Besos

Antonio dijo...

De todas maneras te comento porque yo creo que del cerdo se aprovechan también los gruñidos. Los andares, etc...)

Anónimo dijo...

Hablando del asunto del papeo, ahora me doy cuenta de por qué somos tan feos.

Manu Cueva. dijo...

Que hambre me ha entrado de repente :)

Anónimo dijo...

el horror